PIEDRA Y ESPUMA
Yo, la piedra, muda espectadora de tanto verde y azul,
del movimiento incesante,
de tanta noche y día transcurridos
escuchando pájaros, soñando nubes.
Abrazada por vos, espuma incandescente,
lamida mil veces por tus gotas.
Piedra soy, milenaria y mineral.
Sólida y oscura, lisa y fría,
que bebe a tu paso las minúsculas partículas
que me cedes cuando llegas y me envuelves.
Abrazada por vos, espuma incandescente,
por tus gotas besada, sigilosamente.
Espuma cálida, clara, liviana,
etérea en tu condición de viajera acuática.
Déjame ver tus iridiscencias,
contagia a mis partículas de tu oxígeno.
Abandona tu abrazo en mi costado, déjalo ahí.
Enlaza mi cintura y detén tu viaje...
No huyas, espuma, no desaparezcas,
acompaña mi pétrea alma un tiempo más.
Déjame gozar de tu existencia vívida
para así soportar los milenios que me quedan.
ESTELA MARÍA BENEDETTI
25 DE MAYO, OCTUBRE DE 2005
ALAS/MADERA
Las olas cascan sonidos en el codaste de la popa. La barcaza ondula la tarde... y el río, milagrosamente pulcro, lame la madera vieja y el herraje que la aprisiona.
En esta hora la quietud aplasta cosas y seres. La costa despliega colores antiguos, gastados por la sudestada incesante que, en el otoño pasado, se instaló de puro capricho.
El barco vive, suspira, rechina. La madera vieja, herida, carcomida, cruje. Más arriba las alas, amarillento velamen caído, esperan ser recogidas.
(Alas y madera. Alas/velas, materia del cielo, libres, oxigenadas, frías, ventiladas. Madera, de cuna terrena, de orden vegetal, ungida en humus, amigable, familiar)
Hoy se lanzaron al agua, las velas henchidas y la quilla maternal. Surcaron los canales del río gris que, kilómetros hacia el este, se abre al mar en una confusión geográfica de anchuras.
(Alas al viento, alas de aparejo, alas/velas de alta mar. Madera al agua, árbol náutico, madera/casco de alta mar)
Fue la última salida. Descansa la proa ahora en la rinconada que le formó la ribera quizás para abrigarla. Al fondo del quillote, el timón ahoga recuerdos y aguanta remezones.
(Alas/aire, alas/sal, madera/arcilla, madera/vital)
Cascan las olas sus sonidos sin repetirse. Mansamente la barcaza se desmaya en la tarde y, dócil, aún meciéndose, se entrega al paisaje de la costa pleno de chatarra náutica olvidada.
(Alas tristes, madera carcomida... Alas/madera/barcaza ...)
ESTELA MARÍA BENEDETTI
25 DE MAYO, AGOSTO DE 2005
Eras de rojo corazón...
Pobre río mío
una mano oscura
te arrebató el color...
Pobre río mío
indigna condición
te cubre...
De rojo corazón eras,
latidas olas.
De negras muertes
te has llenado.
Río mío, río nuestro,
río del mundo.
Los hombres (sólo algunos)
te arrebatan, te invaden,
te cubren, te matan.
Eras de rojo corazón.
Hoy, de latidas muertes...
Estela María Benedetti
25 de Mayo, La Pampa.
Febrero de 1997.
(En ocasión de producirse los numerosos derrames de petróleo en el Río Colorado)
EJERCICIO CON P
Perdido puente de piedra
perdido, pálido siempre,
solo, sobre rompientes.
Pobre poeta de capa caída
palabra, pluma, página,
solo, ausencia trágica.
Cayó el poeta al vacío
como péndulo, plomo, piedra...
Pidió perdón el puente
como un príncipe, pálido siempre.
Estela María Benedetti
25 de Mayo, La Pampa.
Noviembre de 1995
VICTORIA DE OTOÑO
(Marzo en pasarela y Pascua de asfalto)
Parados frente a un puente, sobre un puente, cerca del agua, lejos del miedo, cerca de todos.
Buscan lo que se ha escurrido, lo que se ha volado,
lo que se niega.
Solos, pocos, locos... al principio sobre un puente.
Puente borrado luego por diez sellos, acabado.
Entonces, esos pocos que luego fueron más y más, finalmente se yerguen sobre el asfalto para exigir lo que se ha escurrido, se ha volado, se ha negado.
Y allí están, expectantes, con las horas y los días cayendo sobre sus caras.
¡Miren, miren, a los que llegan!
¡Miren a quiénes los miran, escuchen el murmullo de quienes hablan, sientan el calor de quienes se acercan!
¡Pocas veces he visto un principio de otoño como éste!
¿No sienten que algo nuevo roza los álamos aún verdes?
¿Saben que han sacudido un sopor cotidiano que, ahora se ve, era insoportable? ¿Escuchan que cuatro décadas han preparado este momento para ustedes, para que los días que lleguen con este otoño pincelado de verano, puedan llenarse del sudor laborioso del ocupado?
¡Pocas veces he visto un principio de otoño como éste!...
Abril apenas camina y ya ha reventado en victoria...
Estela María Benedetti
25 DE MAYO, LA PAMPA, 8 DE ABRIL DE 2004
(DÍA DE LA GRAN MANIFESTACIÓN POPULAR LUEGO DEL LOGRO DE PUESTOS
DE TRABAJO PARA DESOCUPADOS VEINTICINQUEÑOS EN LAS EMPRESAS PETROLERAS)
LAS CUATRO ESTACIONES DE JUANA
Para Juana Cerdá la vida es una sinfonía de colores, olores, sensaciones y sonidos. Vive sola, en la casa de adobe, cerca del río.
En el primer verano que transcurre con un hombre a su lado nace su primer hijo. Juana lo amamanta en el patio de su choza debajo del olmo inmenso, con la mirada perdida entre los tamariscos rosa de la orilla del río, el río crecido del verano, con el calor cayendo a plomo sobre el sauzal del vallecito verde. Es que, sin brisa casi en algunos días, en verano y en este suelo, el aire se esconde en los umbrales oscuros, en las oquedades húmedas, y hay que buscarlo con las aletas de la nariz abiertas, seguirle el rastro para tomarlo y así apaciguar el ánimo inquieto por el calor. Y otras veces se esparce caliente en los resquicios, cuando el viento decide instalarse por horas, y en oleadas quema piel y suelo, aguas y verdes, hasta la noche.
Los perfumes del campo acompañan la mirada de Juana y el llanto del niño. La piel se le inunda de aromas, de esencias etéreas que suben de los matorros grises de zampa, de la verbena blanca y la chilquilla, de las matas de tomillo. En la noche algún airecito le trae el descanso junto al rumor del agua comiendo la costa.
Pasado el verano Juana está de vendimia. Y es la fiesta en las chacras, con los álamos amarilleando en una paleta de contrastes. En este valle, los olores estivales de manzanos y perales permanecen al principio, luego dan paso a otras sensaciones acompañadas de cierta calma, un dejo de quietud que complace el cuerpo y le da levedad al ánimo. Los últimos días de otoño se van con las últimas descargas en los canales. El río en su cauce anuncia otra época, otra historia de nieves retenidas, de cielos fríos, de nubes vigorosas.
Y en el invierno seco y rudo, Juana y sus hijos del estío, se ajan con el aire impúdico que se cuela por las hendijas de puertas y ventanas, invadiendo los desvestidos cuartos de la casa. En los días de sol pálido, cielo uniforme y noches gélidas, se arrebujan como pueden, amaneciendo helados en el páramo en que se ha convertido el lugar. Nada de verde ni amarillo, el valle se desnuda y el campo, blanco de escarchas ingratas, deja de ser amigable. Los retorcidos alpatacos oscuros y las matas del arbustal son manchones en la planicie mezquina del invierno que, detrás del escalón de barda, se extiende a lo lejos contrastando con el vallecito de Juana que late aún en medio del gris marrón que cubre todo.
Y con el sonido creciente del paso del agua en el río y la humedad de los canales y acequias aparece, primero la sensación y luego la evidencia, aparece una primavera que madura en brotes henchidos. Pálidos y aislados en el inicio, apenas emergiendo, luego estallando ante ojos y narices, los montes cambian la vida de Juana, los amores de Juana.
Es el tiempo en que las vírgenes claridades ruidosas, pobladas de ráfagas de loros, despiertan a los habitantes del valle. La montaña descarga hielos derretidos por rayos primero insinuantes, insistentes y decididos después, al paso de septiembre, octubre. El agua baja estrepitosa de la alta cuenca y llega al recodo del río, al meandro cercano a la casa de Juana, amistosa y abundante.
Los ojos no saben qué hacer. Si colgarse de la bandada y viajar a las tierras regadas de la planicie, o partir con el agua y pasar debajo de los puentes, transitar por el cuenco verde del lago cercano en Casa de Piedra, mojar riberas interminables e ingresar por canales y acequias a los llanos cultivados, para terminar en la bahía anegada, en el fango donde se confunde el río con el mar, lejos, hacia el este, en el Atlántico.
Es la primavera que suelta tanto color por donde mires…! ¡Y qué tiempos son sino estos, los de la primavera y el verano, los que ponen brillos en los ojos, nardos imprevistos en la cara y mariposas en el corazón! Y son los días felices para irse o para quedarse, para volar alto más allá del Auca o poner los pies desnudos sobre los cantos rodados de la costa, justo allí donde brillan mojados los más extraños.
Juana tiene cuatro estaciones guardadas en su retina, en su nariz, en su piel y oídos. Cuatro estaciones repetidas por años que, con cada anuncio de llegada, con el imperceptible sonido o la fragancia sutil desplegada al aire, le han dado ese vigor, ese andar peculiar, y esa humedad en los ojos, ese estar viva, a pesar de todo.
ESTELA MARÍA BENEDETTI
25 DE MAYO, LA PAMPA
Noviembre de 2004
AGONÍA DE UNA SILLA DE ESPARTO
Acá estoy. Desterrada, olvidada en un rincón. Alcanzo a ver, a través del resquicio de la puerta, la débil luz del amanecer. Junto a mí se amontonan otros trastos: una escoba vieja, el mango de una pala, la cocina a leña que ya nadie usa, un par de zapatos embarrados. A todos ilumina el tenue resplandor del día que nace.
Conozco perfectamente cada línea, cada color, cada sombra de lo que me rodea. Hace tantos días, y noches, y primaveras, y fríos, que este es mi lugar… El último espacio para mí asignado.
Ay…! Añoro profundamente el suave alisado gris de la cocina en aquellas épocas de cosecha. Presidí la mesa larga de madera y mi esparto nuevo y henchido recibió al dueño de casa a la hora de la cena. Cansado, tenía aún tiempo para reír con sus hijos. La cosecha les daba a todos otro color, se sentía en el aire un rumor nuevo, aromas tintineantes bajaban hasta el suelo.
Y en las siestas mi lugar era debajo del parral, donde en verano las uvas morenas pintaban mi esparto con una esperanza de vino nuevo, mezclado con las huellas de las zapatillas sucias de los chicos que me trepaban.
También el retablo de las Navidades dejó en mi alma de madera la historia del amor. Temblé de emoción en diciembre, camino a la capilla, esperando el murmullo del villancico, los olores del incienso, las penumbras del altar.
Todo es pasado. Se acumulan las melancolías en mi alma de madera. Lloro con cada hebra deshilachada de mi cuerpo, sacudo pesadumbres con mis astillas resecas, me desgarro de dolor con el hilo de luz que ya me roza en este amanecer.
Muero entre los trastos, en este piso de tierra desparejo, entre estas inclinadas paredes de barro, debajo de este techo de chapa que de tan bajo toca mis extremidades. Muero sin las risas jóvenes, sin las madres con los pechos llenos, lejos de los cuentos de los abuelos, de los bailes en el corredor. Me desintegro en ausencia del acordeón a piano y la guitarra, de las voces de la radio a pila, y los arrullos de los pájaros.
Muero de vieja, por deshilachada y chueca, muero por abandono, y por la muerte de los que quise, muero hoy en medio de un río de luz que me enceguece y engulle.
ESTELA MARÍA BENEDETTI
25 DE MAYO, LA PAMPA
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