Casa animada
A Juan cada día le cuesta más llegar a su casa. Bueno, llegar, no; lo que le cuesta es entrar en su casa.
Basta con pararse del otro lado de la calle, en la vereda de enfrente digo, para ver lo que le está haciendo la casa a ese pobre hombre.
Al principio, parece que se le iba alejando imperceptiblemente. Y él , cansado después de un día de trabajo, ni se daba cuenta del fenómeno.
Pero como cada vez esa casa guacha se le alejaba más, él terminó por enterarse que debía caminar, diez, veinte, treinta pasos, cuarenta o hasta el fondo de la manzana para alcanzar la puerta de calle.
Después, no contenta con ello, la casa entera se las ingenió para esquivar la mano del pobre trabajador. Él tarda media hora o más en poder agarrar el picaporte porque la muy hija de mil, lo gambetea sin parar hasta que supongo, ella también se cansa de jugar con él y lo deja entrar, como con lástima.
Lo humilla.
Y los demás no se dan cuenta, ni adentro de la casa, la familia, ni afuera, los vecinos.
Nadie le cree que pase algo anormal y lo andan mirando raro hasta darle vergüenza. Yo soy la única que sabe que es verdad lo que dice, lo descubrí un día. Pero no voy a andar diciéndolo por ahí . A ver si me creen loca también.
Todos los días me paro en la vereda de enfrente y miro a ver que pasa. Siempre hincho por Juan en silencio. Claro, tratando que no me vea porque si me viera, su vergüenza sería peor.
Pero no sé, ¿eh?... Al hombre lo veo cansado y sin ganas de volver a la casa. Al final les digo, que este tipo va a terminar por irse del todo y para siempre.
Hoy por ejemplo, hace rato que lo estoy esperando en la vereda de enfrente a ver que pasa y no ha llegado.
Eso si, la casa lo espera. Se le notan las ganas de jugar con él.
VIVIANA FERNÁNDEZ
25 de Mayo, 28 de julio de 2007.-
LA CARTA EN LA CAJA
Tenía la sensación de haber soñado hasta despertar. Solía sucederle algunas mañanas sentir el deseo de seguir en el sueño y esta vez, como tantas, lamentó abrir los ojos. Raro... recordaba nítidamente la caja que tenía en sus manos en la última imagen antes de despertar. No siempre podía recuperar las figuras del sueño, en realidad casi nunca lo lograba, sólo le quedaba la sensación de haber vivido otra vida, de haber sido otra persona.
La caja era de madera clara, tersa, era una hermosa caja. La había abierto y una obra de arte había aparecido ante sus ojos, maravillosamente labrada, minuciosamente trabajada. Se advertía que podía desplegarse y armar con las piezas perfectamente encastradas una ciudad, un castillo o un cuarto con todos sus elementos.
No había podido comprobar el contenido de la caja. Se levantó de mal talante, le hubiera gustado armar en el sueño la ciudad o lo que fuere. Hubiera podido oler la madera, imaginar el árbol, el bloque cortado, el paso de serruchos y gubias, escuchar el sonido de los cinceles y las limas, observar las manos del artista al dorar algunas piezas o incrustar el cobre, el carey, otras maderas coloreadas, en el fondo macizo de la miniatura a punto de terminarla. Quizás en el sueño se le hubiera permitido entrar a la ciudad, el castillo o el cuarto y acomodarse en cualquier esquina y admirar la talla de un frente, el lustrado de un piso o la taracea espléndida realizada en un minúsculo mueble. Maderas duras y blandas, claras y oscuras, de colores majestuosos, con marcadas vetas o casi sin ellas, densas o porosas. Maderas resistentes de secuoya y nogal negro, de cedro y de roble, de la densa caoba, la musical madera de cerezo, de veta entrelazada como la que brinda el iroko, la clara y humilde madera de pino y álamo, la madera imponente del algarrobo, a todas ellas hubiera podido acariciar. El ruido la sacó de su sueño y ahora debía lidiar con la realidad de un día de mierda.
Sola, dejó que pasaran algunos minutos antes de tomar el café que la reconciliara con el día. Anduvo por la casa sin vestirse. Se miró al espejo un segundo y bajó la mirada, no era una imagen que le levantara el ánimo. Pensó en ducharse pero prefirió el café antes que el agua, luego lo haría. Seguía con el sueño dándole vueltas por el cuerpo. Trajo la imagen de la caja a su cabeza, le dio color y textura, olor a cosa guardada y tibieza de recuerdo querido. Repasó con los ojos cerrados los elementos que contenía, los del sueño y los posibles y le agregó la carta...
La carta... era eso lo que faltaba, seguro que el sueño la traía consigo. Ahora tendría que inventarla si quería salir de ese estado... ¿de ansiedad? ¿indolencia?
Siguió por la casa dando vueltas. Finalmente entró a la ducha esquivando los espejos. Bajo el agua la carta se desdibujaba. Las gotas lavaban las posibles palabras, se esfumaban las frases junto al vapor denso del agua caliente. Finalmente se vistió y salió a la calle. Nada distinto a lo que vivía en los últimos días le esperaba. Las veredas desparejas, interrumpidas por las garras onduladas de las raíces de los tilos, sostenían apenas el paso agitado de la mujer que se adentraba en la ciudad donde había nacido buscando una carta apenas soñada.
En la calle encontró algunas respuestas. La carta no había sido escrita por alguien como aquel hombre, por ejemplo, ese que se cruza ahora con la mujer justo frente a la iglesia y, con mirada viscosa la recorre en el segundo en que, paralelos, comparten casi la misma baldosa de la vereda. Tampoco por esa mujer de cabeza gacha y mirada triste que entra presurosa al atrio. Imposible que fuera el autor alguien como el cura, que sale ahora al encuentro de la triste señora o como ese adolescente que pasa en bicicleta en el mismo instante en que ella cruza hacia la plaza. Debió haber sido un muchacho de ojos claros y pensamientos grandes, de manos anchas y amistosas, quizás el creador de la caja y su contenido o el que la encontró y quiso dejar su sello en ella para compartir de algún modo su hermosura. Ya estaba, había un autor que aparecía en su visión, y un motivo... legar la caja.
Caminó unas cuadras, ahora más liviana. El sol, que apenas calentaba gracias a una abundancia inusitada de nubes contundentes, había dejado caer sobre sus hombros algo parecido a una palmada o caricia solidaria que le había hecho sentirse mejor. En un invierno de grises contornos, pensó, nada más saludable que un rayo luminoso para cambiar en algo las cosas. También el olor de pan recién horneado de alguna panadería cercana ayudó a distender ese músculo insistente del entrecejo que no paraba de contraerse, dibujando los dos surcos de un enojo inexistente.
Pasó por el frente de la Escuela Nº 1 donde había hecho su primaria, de 1º a 6º, como bien le cabía a alguien nacido en los inicios de la segunda mitad del siglo XX. En una fugaz asociación de imágenes escuchó el piano de la maestra Sara y vio sus mofletes colorados y los ralos mechones que se movían al mismo ritmo que su pie en el pedal. “Febo asoma...” y los gritos patrióticos de los chicos a la salida cantando... Ella ahora, con muchos años en sus ojos, estaba detrás de una carta y de un autor.
Pero ¿por qué tenía que encontrar ese fin para su sueño? ¿No era más sencillo, en todo caso, armar la construcción, ver cuál era finalmente el contenido de la caja del sueño? Siempre complicada, tal como se lo decían, siempre le faltaba algo. La insatisfacción parecía ser el tono con que ella desplegaba su vida. Era lo que le impedía contestar que sí cuando alguien le preguntaba si era feliz. Era esa sensación de no estar completa, de buscar siempre otra cosa como si todo lo que se le ofrecía no era lo suficientemente bueno, acorde, apropiado. Era nostalgia, melancolía, tristeza, dolor, ansiedad, mezclados todos para darle ese aire distante y aturdido que llevaba consigo hacía ya tiempo.
Dio vueltas por la librería, hojeó varios libros, compró sólo un portaminas y salió. Volvió a la casa. Su madre ya había abierto las ventanas. De ochenta y tantos años, cada mañana se levantaba tan persistente y entusiasta como si la vida fuera el mejor de los proyectos. Charló con ella que le ofreció un mate al entrar diciéndole además que alguien le había dejado un sobre. Tuvo un sobresalto, tenía en su mente la carta del sueño y ahora había un sobre esperándola... Partió a buscarlo. Era un sobre marrón, de oficina, se lo notaba lleno de papeles. Provenía de la empresa donde trabajaba. Pensó que le estaban haciendo una broma... ¡de vacaciones postergadas y le enviaban trabajo a la casa de su madre! De mal modo lo abrió y desparramó sobre la cama su contenido. Tuvo un imperceptible recuerdo del sueño y de la caja, fue una chispa, un fulgor familiar, un sonido quizás de apertura, pero pasó ese instante y se entretuvo mirando los papeles. Nada importante, le enviaban ofertas de cursos que habían llegado a su nombre durante su ausencia. También había un sobre más pequeño que no había llamado su atención. Ya sin ansiedad lo abrió sin mirar el remitente. Y se encontró con algo que le cortó el aliento: una imagen de la caja del sueño y una carta de Luis, un compañero de trabajo con el que mantenía una tranquila amistad.
Luis le hablaba de su gusto por trabajar la madera, su pasión por las formas y las vetas, de sus silencios enriquecidos por la búsqueda de la belleza a través del trabajo de sus manos. Le contaba del río oscuro abigarrado de arcillas, del mirador en la punta de la barda, del valle lánguido y quieto del invierno y de la línea perfecta del horizonte en la planicie azul, en una tarde de junio. Le enviaba un dibujo de la caja que había construido, y le decía sobre las piezas que, encastradas, formaban delicadamente la plaza del pueblo, los veredones entre el verde, los canteros de arbustos y los puentecitos sobre las acequias. La imagen de la calle y las plazas, recostadas contra la barda al fondo, la barda rionegrina que se alza resguardando al río, el mismo río que la rozó por siglos y le dejó ese tricolor de postal, ese conjunto bailaba junto a las letras ante sus ojos.
Ese día transcurrió casi sin memoria para ella. Una película se desarrollaba detrás de sus ojos y era espectadora y protagonista. Acompañó a su madre en algunos mandados en el barrio, mantuvo conversaciones insípidas y respiró sin darse cuenta, más aturdida que nunca.
De noche ya, puso la carta debajo de la almohada y se acostó blandamente esperando continuar el sueño de la noche anterior. Debía colocar la carta en la caja y seguramente desaparecería esa inquietud que había dominado su espíritu durante todo el día. Ansiaba que se diera esa rara construcción onírica de realidad y sueño, sin que fluyera hacia el disparate de una quimera sin sentido o desembocara en una pesadilla de las que abotagan el ánimo.
Por la mañana, translúcida palidez despuntaba en su rostro pero no había señales de entrecejo fruncido ni nudos entumecidos en su espalda. Un viaje entre nubes, por encima de los aires superficiales que respiran los humanos, había tenido principio y fin en esa noche de mano apretada bajo la almohada y carta arrugada entre blancos de cama, y le había dejado ese halo despreocupado y sereno. Había cruzado la depresión del Salado hacia las encadenadas lagunas del oeste bonaerense, sobrevolado el “camino del hilo” y las hermosísimas sierras que rodean al pico de la ventana suspendida allá arriba, donde aladas criaturas abren y cierran invisibles persianas para quienes saben ver los sucesos de las alturas. Traspasadas las fronteras de su tierra, más allá del meridiano, sobrevoló los valles del este pampeano, los medanales con su “agüita” y cañas de Castilla, tan preciosos y calmos, las sierras bellísimas casi al sur y más allá el agua verde del lago en el límite, contrastando con el desierto del centro manchado por caldenes oscuros. Y planicie alta, y escalón de barda, y zampaljarillado... y salitral purísimo y valle al fin... valle al fin en el costado suroeste, el que sangra por el río abigarrado de arcillas...
Y ese fue el final del volado viaje, cuando la carta arrugada fue a dar a la caja aparecida en el otro sueño, el del principio, a la enigmática caja que ya tenía dueño y carta.
Ella sonreía sola después de tan fantástica experiencia. Ese día armó bolsos y lloró despedidas. A las nueve de la noche partió despierta, en un viaje real que finalmente la dejó en el pueblo ribereño donde vivía desde hacía ya tiempo y al que no había sabido ver...
ESTELA MARÍA BENEDETTI
AGOSTO DE 2006
PIEDRA Y ESPUMA
Yo, la piedra, muda espectadora de tanto verde y azul,
del movimiento incesante,
de tanta noche y día transcurridos
escuchando pájaros, soñando nubes.
Abrazada por vos, espuma incandescente,
lamida mil veces por tus gotas.
Piedra soy, milenaria y mineral.
Sólida y oscura, lisa y fría,
que bebe a tu paso las minúsculas partículas
que me cedes cuando llegas y me envuelves.
Abrazada por vos, espuma incandescente,
por tus gotas besada, sigilosamente.
Espuma cálida, clara, liviana,
etérea en tu condición de viajera acuática.
Déjame ver tus iridiscencias,
contagia a mis partículas de tu oxígeno.
Abandona tu abrazo en mi costado, déjalo ahí.
Enlaza mi cintura y detén tu viaje...
No huyas, espuma, no desaparezcas,
acompaña mi pétrea alma un tiempo más.
Déjame gozar de tu existencia vívida
para así soportar los milenios que me quedan.
ESTELA MARÍA BENEDETTI
25 DE MAYO, OCTUBRE DE 2005
ALAS/MADERA
Las olas cascan sonidos en el codaste de la popa. La barcaza ondula la tarde... y el río, milagrosamente pulcro, lame la madera vieja y el herraje que la aprisiona.
En esta hora la quietud aplasta cosas y seres. La costa despliega colores antiguos, gastados por la sudestada incesante que, en el otoño pasado, se instaló de puro capricho.
El barco vive, suspira, rechina. La madera vieja, herida, carcomida, cruje. Más arriba las alas, amarillento velamen caído, esperan ser recogidas.
(Alas y madera. Alas/velas, materia del cielo, libres, oxigenadas, frías, ventiladas. Madera, de cuna terrena, de orden vegetal, ungida en humus, amigable, familiar)
Hoy se lanzaron al agua, las velas henchidas y la quilla maternal. Surcaron los canales del río gris que, kilómetros hacia el este, se abre al mar en una confusión geográfica de anchuras.
(Alas al viento, alas de aparejo, alas/velas de alta mar. Madera al agua, árbol náutico, madera/casco de alta mar)
Fue la última salida. Descansa la proa ahora en la rinconada que le formó la ribera quizás para abrigarla. Al fondo del quillote, el timón ahoga recuerdos y aguanta remezones.
(Alas/aire, alas/sal, madera/arcilla, madera/vital)
Cascan las olas sus sonidos sin repetirse. Mansamente la barcaza se desmaya en la tarde y, dócil, aún meciéndose, se entrega al paisaje de la costa pleno de chatarra náutica olvidada.
(Alas tristes, madera carcomida... Alas/madera/barcaza ...)
ESTELA MARÍA BENEDETTI
25 DE MAYO, AGOSTO DE 2005
Eras de rojo corazón...
Pobre río mío
una mano oscura
te arrebató el color...
Pobre río mío
indigna condición
te cubre...
De rojo corazón eras,
latidas olas.
De negras muertes
te has llenado.
Río mío, río nuestro,
río del mundo.
Los hombres (sólo algunos)
te arrebatan, te invaden,
te cubren, te matan.
Eras de rojo corazón.
Hoy, de latidas muertes...
Estela María Benedetti
25 de Mayo, La Pampa.
Febrero de 1997.
(En ocasión de producirse los numerosos derrames de petróleo en el Río Colorado)
EJERCICIO CON P
Perdido puente de piedra
perdido, pálido siempre,
solo, sobre rompientes.
Pobre poeta de capa caída
palabra, pluma, página,
solo, ausencia trágica.
Cayó el poeta al vacío
como péndulo, plomo, piedra...
Pidió perdón el puente
como un príncipe, pálido siempre.
Estela María Benedetti
25 de Mayo, La Pampa.
Noviembre de 1995
| Lun | Mar | Mie | Jue | Vie | Sab | Dom |
|---|---|---|---|---|---|---|
| << < | > >> | |||||
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | ||
| 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 |
| 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 |
| 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 |
| 27 | 28 | 29 | 30 | 31 | ||